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Secretos y mentiras


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Era verano. Yo había perdido al Trivial y estaba esperando a que llegara la noche para tomarme la revancha. Mi contrincante me había prometido que jugaríamos una última partida. Pero Antena 3 decidió boicotear mis ansias competitivas y se dedicó a anunciar repetidamente durante todo el día la emisión en su horario de máxima audiencia nocturna -o prime time, como se dice modernamente- de Secretos y mentiras. Película galardonada con innumerables premios en una larguísima lista de festivales, etc., etc., etc. Y, claro, tenía que pasar. Llegado el momento, mi rival trivial (permítanme la rima tonta y el juego de palabras absurdo) se apalancó delante de la tele y dijo haberse olvidado de preguntitas, quesitos de colores y demás. Intenté convencerle pero fue imposible, la perspectiva de una buena película atrae demasiado. En cambio, yo ya estaba predispuesta en contra de lo que imaginaba un bodrio independiente británico, melodramático e insoportable, predisposición negativa debida básicamente a que la dichosa película me había fastidiado mis lúdicos ánimos de venganza. Pero me había quedado sola. Me rendí y me dejé caer en el sofá. Con un mal humor de tres pares de narices.

Los hermanos Purley

La peli ya había empezado, y yo no sabía ni de qué trataba. En la pantalla salía una señora rubia, de pinta desastradísima y horrorosa voz chillona (que no era cosa del doblaje, según descubrí después), hablando con un hombre orondo, parecido a ella (aunque algo más presentable), en el trastero de una casa que daba grima, y de fondo un Londres de ambiente sucio y cutre que podríamos encuadrar dentro de lo que no sería difícil de entender como la Inglaterra profunda. Vaya panorama, pensé. No voy a aguantar aquí ni cinco minutos. Y lo que son los prejuicios: no tuvieron que pasar treinta segundos para que me diera cuenta de que ya estaba literalmente enganchada a una de las más hermosas historias cinematográficas hasta la fecha vistas por mi humilde persona. Y es que hay que saber hacer las cosas para abordar un tema tan sumamente delicado como la adopción, tan proclive a la lagrimita fácil y tan propio de los telefilms baratos y, sin embargo, conseguir lo que en mi opinión es una obra maestra de elegancia, sobriedad, inteligencia, sensibilidad, ternura… Me faltan sustantivos. Humanidad, por poner el último, una profunda y conmovedora humanidad. Chapó por el director inglés Mike Leigh, autor de Todo o nada, El secreto de Vera Drake, Topsy-Turvy, Dos chicas de hoy, Naked (Indefenso), La vida es dulce y Grandes ambiciones, alabadas y muy premiadas todas ellas también.Secretos y mentiras hay hasta en las mejores familias. Y miedo, vergüenza, inseguridades, miserias y tristezas. Y no pasa nada, como La familia Purley al completodice el entrañable personaje del hermano de la protagonista. Sobre todo si por encima de eso persisten el afecto y la buena voluntad. Y es un auténtico espectáculo ver cómo una persona puede transformarse (para mejor) por conseguir el respeto de otra (cuando éste es un respeto necesario, imprescindible). Qué decir del trabajo de las actrices: magnífica, impresionante Brenda Blethyn (no sé en qué estarían pensando sus señorías los académicos para no darle finalmente el Óscar y hacerla conformarse con una nominación). Efectivamente, esa rubia de aspecto desastrado y horrorosa voz chillona –lo requería el papel–, que yo había despreciado en un primer momento, resultó ser una habitual del teatro británico, aclamada en su país, lo cual no me extraña si todo lo hace tan bien como su personaje de Cynthia Cartel de secretos y mentirasPurley en este drama con toques de humor que ya es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Acompañada por Claire Rushbrook, también absolutamente increíble (por enormemente creíble y convincente), Marianne Jean-Baptiste (a la que ahora podemos ver como Vivian Johnson en la serie de televisión Sin rastro), más el resto de secundarios (destacan Timothy Spall y Phyllis Logan) bordando sus interpretaciones. La película optaba en total a cinco premios Óscar (Mejor película, Mejor guión original, Mejor director, Mejor actriz principal, Mejor actriz de reparto), y se hizo con la Palma de Oro en Cannes, el Premio a la Mejor Actriz (para Mrs Blethyn), además del Premio Internacional de la Crítica; el Globo de Oro a la Mejor actriz dramática y dos nominaciones, el Premio a la Mejor película de la Asociación de Críticos de Cine de los Ángeles, el Premio de la Academia Británica a la Mejor Actriz, un montón de premios y candidaturas en diferentes certámenes europeos y americanos –e incluso en Australia–, y el Goya a la Mejor Película Extranjera, de regalo. Lleva editada en DVD unos cuantos meses y seguro que ya está de oferta. Háganme un favor: no se la pierdan.

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La Rosa Púrpura de el Cairo: la belleza del cine


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La Rosa Púrpura de el Cairo

Ser soñador está en decadencia. La realidad manda, y muchas veces la realidad se reduce a unos números o a unas creencias impuestas. Creencias inquebrantables, números que esclavizan.

Un buen amigo, al que lamentablemente hace tiempo que no veo, me dijo una vez que el cine había sido para él lo más importante de su vida. Que incluso de algún modo le salvó la vida. Me dieron tanto miedo sus palabras que no seguí preguntando, y me he quedado sin saber lo que aquellas extrañas y herméticas palabras significaban.

Ahora creo que en cierta forma el cine nos ha salvado la vida a todos los que creemos en él. Porque el cine es la imaginación materializada, son los sueños más profundos que un día despiertan y ven la luz, destellos de magia que creímos nunca expresaríamos.

Para todos nosotros, Woody Allen, en un ataque de genialidad, nos regaló La Rosa Púrpura del Cairo, una rosa que un rey pintó para su reina, y que ahora crece sobre su tumba. Una película que nos habla del amor verdadero, de los sueños rotos, de los sueños imposibles que un día vemos que se pueden convertir en realidad, y que de hecho se convierten en realidad.
Nos recuerda que aun en los momentos más difíciles debemos seguir viviendo con ilusión, que la fantasía va íntimamente ligada a la felicidad, y que a veces lo imaginario tiene más validez que lo real.

Y si por el motivo que sea todo lo anterior no te parece interesante, en La rosa púrpura del Cairo, Mia Farrow interpreta el papel de su vida, el de una chica tímida y sumisa que basa su existencia en su amor por el cine, que un día conoce al hombre de sus sueños. Y nos brinda un momento mágico de la historia del cine, una escena final al compás del “Cheek to cheek” de Fred Astaire en Sombrero de copa.

Heaven… I’m in heaven,
And my heart beats so that I can hardly speak.
And I seem to find the happiness I seek,
When we’re out together dancing cheek to cheek.

Heaven… I’m in heaven,
And the cares that hung around me through the week,
Seem to vanish like a gambler’s lucky streak,
When we’re out together dancing cheek to cheek.

Oh, I love to climb a mountain,
And to reach the highest peak.
But it doesn’t thrill me half as much
As dancing cheek to cheek.

Oh, I love to go out fishing
In a river or a creek.
But I don’t enjoy it half as much
As dancing cheek to cheek.

Dance with me! I want my arms about you.
The charms about you
Will carry me through to…

Heaven… I’m in heaven,
And my heart beats so that I can hardly speak.
And I seem to find the happiness I seek,
When we’re out together dancing cheek to cheek.

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Cabeza borradora (Eraserhead)


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Caebza borradoraCabeza borradora es una de las óperas primas más personales, inquietantes y admirables que recuerdo. Nos hace meternos de lleno en una de las cabezas mejor amuebladas del conjunto de los llamados, para bien o para mal, “directores de culto”. Lynch demuestra ya desde su primer largometraje que es quien mejor filma la psique humana. Lo hace a través de una historia de simpleza extrema, ya que en realidad no es más que un relato de una pareja con problemas en su relación. Es en su forma donde reside su encanto: no distinguimos entre la realidad y el sueño, no distinguimos entre lo que realmente sucede y lo que pasa por la mente del protagonista.

Nos movemos en un mundo extraño, que deviene en un personaje más de la película. Es un mundo atemporal; en un principio nos hace pensar que estamos en un futuro lejano, incluso en territorio extraterrestre (en un comienzo de metraje quizá excesivamente lento, que puede llegar a exasperar a más de un espectador), poco más tarde, en la escena en la que el protagonista (el espléndido Jack Nance) camina hacia su casa, pensamos que quizá estamos en un futuro cercano, en donde las fábricas y la alta tecnología han llegado a arrinconar a la especie humana, o quizá en un pasado que no existió, un mundo post-apocalíptico infestado de radiación nuclear. La sensación de extrañeza y atemporalidad aumenta cuando conocemos el modo de vida de los personajes (que parecen vivir en una América en plena depresión, todos ellos con unas creencias religiosas arraigadas), y la extrema pasividad y sometimiento del personaje principal.

La magnífica fotografía de Herbert Cardwell y Frederick Elmes (quien volverá a colaborar con David Lynch en Terciopelo Azul y en Corazón Salvaje) en blanco y negro, es uno de los mayores aciertos del film. Logra evidenciar los claroscuros en los que se mueven tanto los personajes como su propia psique, creando monstruos en donde no hay más que mobiliario (la minúscula habitación de Henry no son más que cuatro elementos contados) y dando vida a una de las criaturas más aterradoras que jamás se hayan creado, pese a que por momentos se nos muestra dulce, juguetón e indefenso. Merece la pena recordar la planta de la mesita de noche, plantada directamente en tierra sin maceta; el armario en donde Henry guarda los gusanos que le llegan por correo (¿?!!), o el radiador en el que Henry deja su mente volar e imagina a una niña cándida de mofletes abultados, que, como los demás personajes, puede pasar de la ingenuidad al sadismo en sólo un instante. Factor éste que causa gran extrañeza y desasosiego, pues el espectador es perfectamente consciente en todo momento de la fragilidad de todo lo que está viendo, y permanece expectante creyendo que en un segundo puede suceder algo que altere el devenir de los hechos (alteración que en realidad no llega a producirse nunca), sensación que emparenta a Cabeza Borradora con las películas de terror, ese terror difuso de lo que no se ve pero se siente.

Otro de los aciertos indiscutibles del film, y aspecto que también lo acerca a películas de terror psicológico es el sonido. Creado por el propio Lynch y presente durante todo el metraje, se compone de sonido ambiente, ruidos, sonido de maquinaria, etc… es, en definitiva, una banda sonora perfecta, que rellena los huecos que dejan la fotografía en blanco y negro y la excelente y escasa iluminación, y que es en muchas ocasiones más importante e inquietante que las imágenes e incluso que los extraños comportamientos de los personajes. El llanto del bebé, el sonido del pollo al trincharlo, los chirridos de la máquina que acciona el hombre que abre y cierra el metraje, el sonido del ascensor y el que emite el radiador son sólo algunos ejemplos de los hallazgos sonoros que aquel que se atreva a adentrase en el film podrá disfrutar.

Cabeza borradora no es más que un hallazgo tras otro. Es la piedra angular sobre la que se construyen todas y cada una de las películas de David Lynch. Pese a su aparente radicalidad, es innegable que comparte el ambiente opresor con posteriores films como Terciopelo Azul, Carretera Perdida o Mulholland Drive, así como con muchas de las escenas de Twin Peaks; un diseño de personajes parecido al de El Hombre Elefante, como muestra la presentación que hace de la misteriosa vecina; y un humor que impregna toda su obra, que se hace patente en la escena de la cena con los padres de su novia. No obstante, un aviso a navegantes, el espectador que la coja sin ganas le podrá criticar muchas cosas. Por otro lado, aquel que quiera introducirse en un territorio extraño, oscuro e inquietante, sin duda se dejará llevar y podrá disfrutar de una original propuesta y todo un mundo de sensaciones, que es en definitiva de lo que está construida Cabeza borradora. Sensaciones.

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