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En la isla sin Léolo


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Existe un género de películas que va más allá de las clasificaciones tradicionales y que hace su aparición cuando quienes entienden de esto del cine afirman que un determinado film, más que a las típicas “drama”, “comedia”, “bélica”, “terror”, “ciencia-ficción”, “acción”, “romántica”, o incluso “de culto” o “de autor”, pertenece a la novedosa categoría de “películas amadas u odiadas, sin términos medios”. En tan estricto y tajante compartimento suelen encajar creaciones relativamente modernas, de formas y contenidos no aptos por mil razones para todos los gustos, capaces de mezclar los signos de identidad de varios patrones previos y romper con muchas de las convenciones del oficio, así como de, a veces, cometer excesos, en el más amplio y complejo sentido del término. El cine europeo –o mejor digamos el cine en principio no comercial, sea cual sea su procedencia– es asiduo de este pseudogénero; parece que está generalmente admitido que buenos ejemplos de él son películas como: Tres colores; 2001, Una odisea del espacio; Dogville; Amélie; Moulin Rouge; Mulholland Drive; Pi (fe en el caos); Adaptation (El ladrón de orquídeas); y algún que otro representante del clasicismo continental tipo Ordet (La palabra) o El séptimo sello. “Obra maestra”, “maravillosa”, “sublime ejercicio de talento personal”, “absolutamente imprescindible”, son elevadas valoraciones que, entre crítica y público, se repiten contrapuestas a sentencias como “aburrimiento mortal”, “soberana tontería”, o “vacuidad con pintas”. Y a mí me sucede que, con frecuencia, depués de haber visto una de estas películas, me veo en la necesidad de situarme en la incómoda posición del que opina que… ni una cosa, ni la otra. Es lo que me pasa, entrando en materia, con Léolo.

Léolo leyendo

Con fecha de 1992, y firmada por el muy independiente, aclamado y prematuramente fallecido director canadiense Jean-Claude Lauzon, Léolo cuenta la historia de un niño que vive en un suburbio de Montreal, rodeado de miseria material y humana, que intenta escapar de la realidad refugiándose en sus sueños, leyendo y escribiendo, y desarrollando una sensibilidad impropia de su edad, que parece servirle para no hundirse con el resto del mundo. O todo lo contrario.Los pros: Si hay una película que merezca el sonoro calificativo, tan usual por estos pagos, de “hipnótica“, esa es Léolo. La voz en off del narrador, poderosa, misteriosa, fascinante, inicia una heterogénea banda sonora que no puede acertar más de plano; junto al casi omnipresente Tom Waits escuchamos una música que es a la vez intrigante y tétrica, y que se vuelve agradable, y después dulce, pero también llena de una extraña congoja cuando suena, por ejemplo, la Canzione di Bianca, repetida una y mil veces para mostrar la ensoñadora obsesión del niño Leo por su joven vecina. Hay más logros: la enorme fuerza poética de ese mundo interior infantil, plasmada en un cuaderno que el crío escribe, al hilo de fragmentos de L’avalée des avalés (El valle de los avasallados, en traducción libre), del escritor quebequés Bianca (fotograma de la película)Réjean Ducharme, que de algún modo inspira la narración. El modo de contar. Quién cuenta y por qué lo cuenta. El magnetismo de las imágenes, una atmósfera densa, rara, atrayente por alguna enigmática razón. Los paisajes italianos. El hermano de Léolo. Los dos o tres golpes de humor, que contrastan con la continua negrura que envuelve la película. El personaje de la madre, especie de tabla de salvación en medio de tanta desgracia. El patetismo seco y cruel pero también por momentos tierno y conmovedor con que se retrata la vida y el horror de los miembros de la familia, el horror de la locura, la inevitable psicosis que, al fin y al cabo, es el eje sobre el cual y desde el cual gira la película. Y cierta huella que perdura una vez que todo ha terminado.Los contras: la provocación, en mi opinión gratuita, en forma de sucesión de escenas que tienen como principal finalidad desagradar al espectador, basadas en una escatología y en una suciedad que no me queda claro que tengan que cimentar tan necesariamente el guión. Lo asqueroso por lo asqueroso. La casi permanente, y a mi juicio forzada, exagerada y baldía sordidez de situaciones, personas y cosas. El recurso constante a la hipersexualidad de un niño de once o doce años; más que los momentos onanistas, que tienen hasta su gracia y que ya han quedado casi como Léolo dentro de la bañeraantológicos, me resultan tremendamente incómodas, y hasta desoladoras, las escenas de sexo “adulto” protagonizadas por Léolo y sus amigos. Llámenme mojigata, o incluso poco realista, si quieren, pero hieren mucho mi sensibilidad. Entre eso, y las ansias asesinas y demás impulsos fatales del chico (sí, ya sé, era su destino), este muchachito que muchos consideran, en una horrenda patada al diccionario, de lo más “enamorable”, a mí llega a caerme mal, me repele. Aunque sea monísimo. Aunque haya que compadecerlo. Y, para terminar, y por incoherente que parezca, lo que se me antoja el mayor de los impedimentos de esta película es que al final me deja indiferente porque no consigue emocionarme; es una sensación general de oquedad, de que me hallo ante un intento de ejercicio artístico sin mucho fundamento, de pesadez y de tedio en última instancia…Total, que, con tanta contradicción, no sé qué pensar… Intensa pero superficial, original y hueca, impactante y sobrevalorada, ¿Leólo me gusta o no? Estoy hecha un lío. Y para salir de él, hago un ejercicio mental que normalmente me funciona: me imagino desterrada para siempre en una isla desierta con, entre otras cosas, un reproductor de DVD portátil y una caja llena de películas. Y hago inclinarse la balanza: me temo que Léolo no sería una de ellas.

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