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Luces y música en la ciudad


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 Hay veces en que las circunstancias que rodean el visionado de una película influyen claramente en la opinión que acabamos teniendo de ella. Tanto si dichas circuntancias son buenas, como si son malas, y tanto si la película en sí merece la pena, como si no, hay veces en que el espíritu del espectador opta, casi sin darse cuenta, por luchar contra corriente; hay veces en que decide, por el contrario, dejarse llevar. Este último fue mi caso el día que vi Luces de la ciudad.

Cartel de Luces de la ciudadNoche de viernes primaveral del pasado año. Finalizada la semana laboral, y con la satisfacción del deber cumplido dando saltos por el cuerpo, un par de amigos y la que suscribe deciden acercarse al centro cultural de su hermoso pueblo a ver lo que hasta el momento es algo muy novedoso allí: la proyección de una película muda con músicos en directo. Es de Chaplin, y se llama Luces de la ciudad. Antes de entrar hacemos recuento de las películas que hemos visto del genio inglés (es un genio, por si alguien no se ha enterado todavía), y resulta que ninguno recuerda conocer esta. No sabemos, pues, en ningún sentido, lo que nos espera.No hay mucha gente en la sala. El poco interés, por desgracia, que ciertos acontecimientos despiertan, o la escasa publicidad que de ellos se hace ha conseguido que los asistentes formemos un grupo no demasiado numeroso. Lo que en principio nos parece una lástima, pronto va a pasar a convertirse en una gran ventaja, la de la intimidad, la de la confianza que da entre unos pocos el compartir algo valioso que no han querido aprovechar los demás.En el escenario aparecen tres músicos: dos guitarristas y un bajo. El que actúa de portavoz nos explica lo que vamos a Partiturapresenciar: una recreación moderna de cómo se veían antiguamente las películas mudas, esto es, no provistas de banda sonora ya incorporada a la cinta, sino con los intérpretes tocando en el mismo cine. De propina nos resume, amable y eficacísimamente, la historia y razones del progreso en este campo hasta el día de hoy y nos advierte que, a pesar de que llevan mucho tiempo viendo y sonorizando esta Luces de la ciudad, ni sus compañeros ni él se cansan nunca de tocar su música, de reír y de conmoverse con ella.Esto empieza bien.Y sigue mejor, y tiene un apoteósico final. Primero se apagan unas luces, las del salón, y se encienden otras, las de la ciudad donde transcurre una maravillosa historia de amor entre una florista ciega y el más célebre y querido vagabundo de todos los tiempos, el inconmensurable Charlot. Y el público ríe (a carcajadas) y vibra al son de mil aventuras y de una música que suena, acompañando sincronizada, milimétrica y La divertida cenamagníficamente la acción. Y los sentimientos. Y no sé dónde mirar, si a la pantalla en la que suceden las cosas, o a estos tres artistas que, sin abandonar sus instrumentos, también saben sonreírse y no perder el paso y, cuyas caras, cómplices de las nuestras, dejan escapar la diversión que les provoca la película, y este trabajo suyo, y el enorme cariño que ponen al hacerlo. Y una chica que está sentada justo delante de mí no puede dejar de anticiparnos en voz alta lo que sospecha van a ser momentos álgidos: ¡Ay, Dios mío, los espaguetis!… Y yo, y todos, que en otra tesitura la habríamos mandado callar indignados, nos reímos con ella y casi le agradecemos esta puesta en común de El combate de boxeoemociones.Los espaguetis, sí, y el suelo resbaladizo de la pista de baile, y el alcohólico veleta al volante, y la policía, y el combate de boxeo… Qué combate de boxeo: nunca nadie habrá llorado más, de risa, viendo a dos hombres tratar de pegarse puñetazos. Y también unas cuantas lágrimas, pero de las otras, de las que llegan más hondo, en ese impresionante The end, un tanto abierto, ambiguo, tierno y triste al mismo tiempo.De nuevo otro cambio de luces, el último. Aplausos dobles, primero por la película, para muchos la mejor de entre las mejores de ese hombre de cine total que fue Charles Spencer Chaplin, y en segundo lugar por estos dos guitarristas y este bajo que, cumplida su misión, recogen sus partituras y se marchan, probablemente a otra ciudad, a repetir noche iluminada. Saludan, dan las gracias y se van, con la música, y el (séptimo) arte, a otra parte.

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Candilejas. El teatro, el amor y la vida según Chaplin


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     Aunque haya pasado a la posteridad dentro de unos pantalones anchos, una chaqueta raída y unos enormes zapatos, la cabeza bajo un sombrero hongo, la sonrisa tras un bigotito y en la mano un bastón, no es Charlot el Chaplin que yo más admiro. Lo sería si pensara en la maravillosa Luces de la ciudad (si buscan una película para reír y llorar, no le den más vueltas, aquí la tienen), o quizá si hablásemos también de Tiempos modernos, El chico o La quimera del oro. Pero cuando se trata de la filmografía de este sir inglés, bajito, de ojos azules y legendarias dotes de seducción (nuestro querido Charlie era un donjuán redomado), Candilejas pesa mucho.    

 Londres, un atardecer del verano de 1914. Imaginemos a Theresa Ambrose, “Terry”, una joven bailarina medio paralítica que, frustrada y sola en la vida, decide decir adiósmundocruel, se traga un buen puñado de pastillas, abre la llave del gas y se acuesta en su cama a esperar a la muerte. Imaginemos a Calvero, un cómico viejo, acabado y alcohólico, que llega a casa y, alarmado por el sospechoso olor que se desprende de la habitación de su vecina, no duda –borracho como va– en apresurarse a impedir el suicidio. A partir de aquí viene una historia de amor completamente al desuso, imposible, terriblemente triste y absolutamente enternecedora. Y unos diálogos que dejan asombrado al espectador, que llenan la película y que mueven a la reflexión. Por si 

Calvero y Terry, listos para actuaresto fuera poco, Chaplin supo rodearse de un elenco de actores de lo más eficaz, incluyendo a varios de sus hijos (reconocibles los dos que siguieron los pasos artísticos de su padre, Sydney Chaplin Jr. en el papel del músico Neville y una Geraldine niña al lado de dos más de sus hermanos formando el grupito de críos callejeros que aparece en la escena inicial), junto con la partenaire perfecta: la actriz británica Claire Bloom, de apenas veinte años por aquel entonces, que acudió a las pruebas previas al rodaje acompañada de su madre por miedo a la tremenda fama de mujeriego que precedía al genial director. Momentos inolvidables, muchos. Entre otros, el primer discurso del protagonista (el canto a la vida más lúcido que podrán ver ustedes en una pantalla), las conversaciones entre Calvero y Terry, el reencuentro de los personajes en plena guerra, y la guinda: una divertidísima actuación conjunta nada menos que con Buster Keaton, también en el ocaso de su carrera. ¿Queda algo? Sí, la música, compuesta por el propio Chaplin, bellísima y melancólica a rabiar, que es ya parte de la historia del cine. Y un desenlace por supuesto agridulce, no podía ser de otra manera: El tiempo es un gran autor, siempre da con el final perfecto. Frase redonda que condensa sabiduría certerísima y una metáfora de la vida y del teatro que hacen que tan sólo por oírla merezca la pena ver la película. Y si necesitan más, allá va otra: requerida por su enamorado Neville, que quiere hacerle ver que permanece junto al pobre Calvero únicamente por caridad (y por agradecimiento), Theresa contesta algo que a mí me pone un nudo en la garganta y me obliga a hacer un esfuerzo por reprimir las lágrimas: Es más que piedad, es algo que me ha ayudado a vivir, a crecer… Su alma, su bondad…, su tristeza; nada ni nadie podrá separarme ya de eso. Qué quieren que les diga: donde se ponga esto, que se quiten todas las Meg Ryan, Jennifer Aniston y Sandra Bullock de lo que en la actualidad se entiende por películas románticas. Soy una antigua, lo sé, qué le vamos a hacer.

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