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Buscando a Nemo


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Buscando a NemoLamento no haberla visto en el cine la primera vez. Y no sólo por el tamaño de la pantalla. Algún encanto han de tener esas salas a oscuras, alfombradas, llenas de gente preparada para compartir con uno la experiencia de una nueva película; algo ha de suponer el hacer cola en la taquilla, el movierecord, las palomitas…, para que lo superplano de los nuevos televisores, la digitalidad, el plasma, el dolby surround en casa y, por qué no decirlo, la posibilidad de lo gratuito –a la que tantos sucumben– no terminen de conseguir que olvidemos la emoción de ir al cine. Al menos a mí no se me olvida. Sobre todo si se trata de una peli como ésta.En mi caso era la primera película que veía de esa panda de genios de la animación que se hace llamar Pixar. Imagino que me habría sucedido algo parecido de haber visto antes Toy Story o Monstruos, S.A. Pero vi primero Buscando a NemoAl acabar, sentí que había un antes y un después en las películas de dibujos animados modernas. Como quien ve por primera vez la película de un creador excepcional. Por hacer una comparación a lo grande, como cuando Eisenstein asombró al respetable con su Acorazado Potemkin. Que dicen que, después de esto, el cine ya no fue el mismo…A estas alturas no creo que quede mucho por decir de las aventuras y desventuras del pez payaso más famoso de los últimos tiempos. Ni siquiera a sus detractores, entre los que ya se ha visto que no me encuentro, desde luego. Para mí es una obra maestra y como tal lo tiene todo: tiene un guión absolutamente perfecto, unos personajes trazados a la antigua, clásicos, bien construidos psicológicamente… Tiene alegrías, penas, emoción, diversión…, el mejor de los mensajes… Y unos efectos animados portentosos: ese mar que es casi más real que el de verdad, esos movimientos, esos colores, un fondo marino lleno de corales y plantas y peces de todas las especies y barcos hundidos, un escenario bajo el  mar que haría palidecer a los de los reportajes de Cousteau… Y ese puerto de Sydney en el que creemos estar entrando a la vez que Marlin al rescate de su hijo. Y el doblaje. Frente a las críticas que se suelen hacer a los doblajes hechos por actores famosos, en mi opinión aquí nada se puede decir de todas estas conocidísimas voces, salvo que están estupendas. En resumidas cuentas, una película redonda.A pesar de haberla visto en casa, y no en el cine, fui feliz. Reí, lloré (yo, que soy de lágrima cinematográfica difícil), me dejé deslumbrar, sufrí; disfruté, en definitiva, como un enano, de esos a los que supuestamente va dirigida la película.). Qué bien lo pasé con Buscando a Nemo.Dory, de buscando a Nemo.Y en especial con Dory, mi preferida, con diferencia. Y es que este post está dedicado a ella. A ella y a todos los que son como ella: una pececita torpe, enferma (lo de las pérdidas de memoria a corto plazo es una cosa tremenda, oiga), infantiloide, ingenua, cándida hasta la desesperación, casi medio tonta, que arriesga su vida una y otra vez únicamente por ayudar a quien lo necesita, alguien a quien al poco de conocer ya considera un amigo que, por cierto, la utiliza y la menosprecia durante tres cuartas partes del metraje de la película. Como casi todos los demás. Porque, al fin y al cabo, Marlin tiene que encontrar a su hijo, Nemo se ha propuesto demostrarle a su padre que es capaz de valerse por sí mismo, hasta los peces del acuario del dentista quieren escapar, todos persiguen algo en interés propio. Dory, no. Y, cuando caiga el telón, Nemo habrá sido un valiente y Marlin un padre ejemplar. Dos fantásticos protagonistas. Y Dory seguirá siendo un poco una segundona desmemoriada, absurda, boba. Y, sin embargo, yo no puedo evitar creer que la película en realidad está hecha para ella. Es mi heroína particular. Como tampoco puedo evitar, al hilo de esto, acordarme de Sid, el perezoso de La edad de hielo (por no salir del género). Feísimo, sucio, pesado como él solo, ridículo, insoportable, abandonado por familia y amigos que ya no pueden aguantarle más, inconsciente, fanfarrón… Y ahí lo tienen, emperrado en devolver el bebé humano a su padre. Que de no ser por él, por su bendita terquedad y su incomprensible temeridad, el mamut Manfred se habría dado media vuelta, a seguir rumiando sus traumas y su por otra parte justificado rencor, y a saber dónde y cómo hubiera acabado el pequeñajo lactante. Son mis favoritos, Dory, y Sid, y los de su clase, porque podrían querer cobrarse con egoísmo e insolidaridad todo lo malo que les ha tocado en suerte, o en desgracia…, pero no. Se tragan sus complejos, tratan de ignorar lo que los demás piensan de ellos, apechugan con sus limitaciones como mejor pueden, se enfrentan a sus muchos miedos… y siguen nadando. Y siguen andando. Cumpliendo con su obligación, echando una mano al prójimo. O una aleta, o una pata.La edad de hieloY esto también ocurre con las personas. El paralelismo con el hombre es evidente, porque los personajes de los dibujos animados no son sino un trasunto de las tipologías humanas. Hay gente igual. Y el destino de unos y otros, hombres o mujeres o peces o bichos, o lo que quiera que sean, es el mismo. Nunca saldrán en las portadas de las revistas de papel couché, jamás los admirarán, no les aplaudirán, no despertarán envidias, no constarán en los créditos principales de la historia del mundo, nadie querrá ser como ellos, nadie o casi nadie les dará en última instancia las gracias. Pero en silencio, en la sombra, esos seres marginales, torpes, a veces desafortunados físicamente, con frecuencia patéticos, despreciados y olvidados sostienen el planeta y lo hacen girar. O, si no, ejercen –han ejercido siempre– el enorme contrapeso que se necesita para mantenerlo en el frágil equilibrio en el que se mueve, y que impide que explote en mil pedazos o se estrelle contra su propia estupidez. Y por eso me gustan.

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